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La verdadera historia de Sir Edmund Hillary. (por Bellísimo Persono)

 

Según cuenta Eleanor Roastbeef, que fue su esposa y de quien siempre se ha dicho que hacía unas empanadillas fetén, las últimas palabras que escuchó de los carnosos labios de Sir Edmund Hillary antes de perderle de vista para siempre jamás un nublado día de enero fueron cuatro: tabaco, a, voy, por. Si bien él las dijo en otro orden, pero la señora las recordaba así, la tía desastre. Sastre era también su sobrino, claro.

 

Edmund, qué difícil es hoy encontrar Winston, se dijo para sí mientras iba de bar en bar y de país en país, pues con esto de que el saber no tiene fronteras, a saber dónde andaba ya a estas alturas. A petanca sí, pero a cabezón no le ganaba nadie, así que por sus santos cataplines que se fumaba el pitillo de antes de dormir, gritaba Sir, al que no le gustaba nada que le llamaran Hillary por si le confundían con la Clinton o la hermana de Carlton Banks.

 

Los terceros párrafos se me hacen cuesta arriba. A Sir Edmund Hillary le pasaba lo mismo con las montañas de más de 8.000 metros. De eso se dio cuenta cuando se le rompió la zapatilla de ir por casa (era guiri, allí no saben qué es una pantufla, lo cual explica muchas cosas*) en plena ascensión al Everest.

 

Los sherpas, además de tener un nombre raro, tienen un sentido de la orientación estupendo si lo comparamos con el de nuestro protagonista. Este dato puede parecer que no viene a cuento, pero efectivamente, no viene porque Sir Edmund Hillary no tenía sherpa. Ni tabaco.

 

Vale que tuvo fama, gloria y reconocimiento mundial, que tuvo fotos, calles dedicadas, homenajes y parabienes múltiples. Pero él se hubiese conformado con un pitillo.

 

*Hemos puesto un asterisco para que parezca que sabemos de qué hablamos y porque son gratis. Si costara dinero otro gallo cantaría. Y Melendi. Lástima.

 

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Calendari Tormiq 2016 – Gener